Tal vez hayas notado que muchas veces no uso zapatos. Podrías pensar que es un acto de rebeldía, ¿verdad? O tal vez creas que estoy mal acostumbrada, que soy una niña mimada, caprichosa, que no me gusta obedecer, o que hago berrinche si me obligan a ponérmelos.
¿Alguna vez has sentido escalofríos al escuchar uñas raspando en un pizarrón, un tenedor rascando un plato de cerámica o el chirrido seco de un gis partiéndose contra el pizarrón? Es una sensación de incomodidad física inmediata, ¿verdad? Como si tu cuerpo reaccionara solo tratando de rechazar ese sonido que invade… ¿la recuerdas?
Ahora imagina que existiera una regla no escrita que dijera que es “mal visto” quejarse de lo que viene del ambiente o de la naturaleza. Como si tuvieras que sonreír y aguantar, aunque por dentro cada fibra de tu cuerpo pidiera escapar. ¿Cuánto tiempo podrías soportar algo que simplemente no puedes evitar sentir?
Eso me pasa a mí. Y no solo con los zapatos: a veces recibo señales molestas de la ropa del uniforme, cuando mamá quiere usar una liga que aprieta mi cuero cabelludo, cuando veo las texturas de algunos alimentos, cuando el salón está tan caliente, o el ruido de muchas voces al mismo tiempo me revuelve la cabeza y necesito un respiro para estar tranquila. Y apenas soy una niña que necesita aprender a vivir con esto, y sé que tu me puedes ayudar.
La inclusión es la idea de que todas las personas, sin importar sus características, capacidades, origen o condición, tengan las mismas oportunidades de participar y sentirse parte de un grupo o comunidad.
En la escuela, por ejemplo, inclusión significa que niños con distintas formas de aprender, de comunicarse o de comportarse (como yo y mis compañeros) puedan estudiar, jugar y convivir juntos, recibiendo los apoyos que necesitamos para estar en igualdad de condiciones.
👉 No se trata de “tolerar” o “aguantar” las diferencias, sino de valorar esas diferencias y hacer cambios en el entorno para que todos puedan estar y aprender.
“La inclusión es trazar un camino donde las reglas no frenan, sino que acompañan para que todos podamos avanzar.”
En el mundo autista, sensorial se refiere a cómo el cuerpo y el cerebro reciben, procesan y responden a la información de los sentidos: sonidos, luces, texturas, olores, sabores, movimiento y hasta la propia percepción del cuerpo. Lo que para una persona puede ser “normal” —como el ruido de un salón o la etiqueta de una playera—, para alguien en el espectro puede sentirse como algo demasiado fuerte, molesto o incluso doloroso.
Se podría decir que el espectro autista es precisamente un “espectro” porque la carga sensorial en cada persona es totalmente distinta: hay quienes son muy sensibles (hipersensibles) y quienes necesitan más intensidad para percibir algo (hiposensibles). Por eso, lo sensorial influye tanto en su comportamiento, sus reacciones y en la forma en que buscan regularse.
“Gracias por abrir espacio a la inclusión: cuando todos cabemos, la educación florece.”